En un reciente fallo emitido por la Corte Suprema de Chile en febrero de 2026, se ha confirmado la condena de 3 años contra el oficial en retiro del Ejército, Juan Iván Vidal Ogueta, por su responsabilidad en el secuestro calificado de Mónica Cristina Benaroyo Pencú, una destacada activista uruguaya nacida en Bucarest en 1925. La vida de Mónica fue marcada por el exilio y el compromiso social, que la llevó a Francia y luego a Uruguay, donde se integró profundamente en el pensamiento político de la época. Licenciada en Filosofía por la Universidad de la República y activista del Partido Comunista, Benaroyo se alejó de la imagen de extremista que la dictadura chilena trató de imponer, lejos de su trabajo como traductora y sus valores humanitarios.
El 14 de septiembre de 1973, Mónica fue arrestada en Chile sólo tres días después del golpe militar que derrocó al gobierno democrático de Salvador Allende. El operativo, llevado a cabo por la Policía de Investigaciones de Chile en el hotel «Tynos», marcó el inicio de su calvario, que culminó con su detención en una cárcel pública bajo condiciones inhumanas. La sentencia de la Corte de Apelaciones de La Serena documenta cómo, a pesar de las órdenes de liberación, la oscura maquinaria represiva del régimen la mantuvo en cautiverio, revelando una sistemática violación de los derechos humanos.
A medida que los meses avanzaban, testimonios de sobrevivientes ubicaron a Mónica en el temido Departamento II del Regimiento Rancagua, un centro de tortura bajo el mando del mayor Luis Aguayo Benard. Este oscuro lugar se convirtió en escenario de interrogatorios brutales y torturas, donde Mónica, un símbolo de la capacidad del ser humano para resistir, fue víctima de violencia extrema, que culminó en su trágica muerte. La brutalidad de su situación refleja el horror vivido por tantas víctimas durante la dictadura, una oscura página de la historia chilena.
El descubrimiento de los restos óseos de Mónica en 2008 en Pampa Chaca Oeste, con evidentes signos de mutilación, pone de manifiesto no solo la crueldad del régimen, sino también la larga lucha de sus seres queridos por recuperar su memoria y dignidad. A medida que los informes médicos confirmaron su identidad, quedó evidenciada la acción de encubrimiento que rodeó su asesinato. Tras 35 años de silencio, su cuerpo fue repatriado a Uruguay, donde finalmente pudo recibir el homenaje que merecía por parte de quienes la amaban.
La condena reciente a Juan Iván Vidal Ogueta, aunque importante, trae consigo sentimientos encontrados para muchos. Mientras que este fallo de la Corte Suprema reconoce el entramado represivo que contribuyó a la barbarie de la dictadura, la justicia parece llegar tarde para Mónica y muchas otras víctimas que sufrieron en silencio por décadas. En un contexto en el que la memoria de las víctimas se fortalece, Benaroyo se erige como un símbolo de la lucha por la justicia, dejando claro que la historia no debe repetirse y que la verdad debe prevalecer sobre el olvido.







