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Rodeo y maltrato animal: Una tradición cuestionada en Chile

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La controversia en torno al rodeo en Chile ha resurgido con fuerza en los últimos años, destacando el descontento generalizado de la población hacia esta práctica considerada como una forma de maltrato animal. En este contexto, la fotografía archivada en 1952, conocida como «Palomeando Rotos», se ha convertido en un símbolo de la brutalidad institucionalizada que ha marcado la relación entre las élites y los sectores más vulnerables de la sociedad chilena. Esta imagen, que ilustra una escena de violencia indiscriminada contra seres humanos, recuerda un pasado oscuro donde el sufrimiento y el sometimiento eran prácticas comunes. A medida que el país avanza, parece que este legado de opresión ha encontrado un nuevo enfoque en el rodeo, trasladando el mismo ethos de dominación de la humanidad hacia los animales, reflejando así una continuidad histórica de la violencia y el control social perpetuado por las clases privilegiadas.

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Las cifras de rechazo al rodeo son contundentes y revelan un cambio en la percepción pública de esta práctica. Según una reciente encuesta de Criteria, el 75% de los chilenos no se identifica con el rodeo, lo que contrasta fuertemente con datos de años anteriores. En 2015, solo un 20% se sentía ligado a esta tradición, mientras que el 65% se manifestaba en contra. Este cambio en la opinión es palpable y establece un claro mensaje: el rodeo, lejos de ser una representación cultural apreciada, es visto como un acto de maltrato animal que se debe erradicar. A medida que crece la presión social, el debate sobre la legitimidad y el futuro del rodeo se intensifica, señalando que el reglamento y la financiación estatal no pueden ignorar el clamor del pueblo.

En una clara respuesta a la creciente oposición al rodeo, el sábado 7 de septiembre de 2025 se conmemoró por primera vez el Día Nacional contra el Rodeo Chileno, una iniciativa impulsada por la ONG Animal Libre. A pesar del apoyo popular, las instituciones estatales continúan financiando esta práctica con miles de millones de pesos anualmente, legitimando así una tradición que la mayoría de la sociedad repudia. Este fenómeno se debe a decisiones históricas, como la resolución de 1962 que estableció el rodeo como «deporte nacional», evidenciando un desajuste alarmante entre las necesidades del pueblo y las prioridades del gobierno. La controversia reside en que mientras la ciudadanía demanda una revaloración de sus tradiciones y una mayor ética en el trato hacia los animales, el Estado perpetúa un sistema que prioriza a una elite en detrimento de la voluntad popular.

El reglamento vigente de la Federación del Rodeo Chileno, reflejado en el Decreto Nº 343, establece las bases para la normalización del maltrato animal, permitiendo y premiando prácticas de violencia que deberían ser inaceptables en una sociedad moderna. Este documento detalla, por ejemplo, que el novillo puede ser golpeado sin piedad, resaltando la falta de consideración por el bienestar de los animales en los espacios considerados «deportivos». Tal disposición en el reglamento no solo es un insulto a la sensibilidad social, sino una muestra del arraigo de una cultura que glorifica la violencia como parte del entretenimiento. El sufrimiento animal, lejos de ser un aspecto a suprimir, se convierte en un componente central del espectáculo.

A medida que el mundo avanza hacia una mayor consideración y protección de los derechos de los animales, Chile parece estancarse en paradigmas arcaicos que han sido superados en otros países. La reciente prohibición de corridas de toros en Colombia y el reconocimiento de los animales como «seres sintientes» por su Corte Constitucional son ejemplos brillantes de progreso ético, elementos que evidencian una transformación social inminente. A diferencia de sus vecinos, Chile continúa atado a un legado de elitismo y violencia que no representa a su población. Es esencial que el Estado escuche las demandas legítimas de su gente, priorizando el bienestar de los seres sintientes y despojando al rodeo de su estatus de «deporte». Así, se abriría la puerta a la celebración de verdaderas tradiciones que fomentan la unión y el respeto, en lugar de perpetuar divisiones y sufrimientos.

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