En medio de la rutina diaria, un encuentro inesperado en una estación de servicio de Ñuñoa nos confronta con una realidad que muchos prefieren ignorar. Un joven venezolano de apenas 25 años, agotado por la ardua labor de entregar pedidos en su bicicleta, se convierte en el símbolo de la lucha diaria de muchos migrantes en Santiago. Su testimonio revela no solo las dificultades que enfrenta al trabajar en un país extraño, sino también la carga emocional que trae consigo la xenofobia que persiste en nuestra sociedad. Este tipo de encuentros nos invita a reflexionar sobre la vida de aquellos que, buscando mejorar su calidad de vida, se ven envueltos en un mar de prejuicios y rechazo.
La conversación con este joven se torna profunda y reveladora al entender que tuvo que hacer cambios significativos en su vida digital para preservarse de la violencia verbal que enfrenta en las redes sociales. El hecho de bloquear ciertos términos en su cuenta de TikTok refleja una estrategia de autoprotección ante un torrente de comentarios hostiles que lo atacan únicamente por su nacionalidad. Este acto de blindarse, en lugar de poder participar libremente en la conversación pública, es una práctica desoladora que resalta la fragilidad de su bienestar emocional en un entorno que debería ser propicio para todos.
El relato de este joven no es un caso aislado, sino que refleja una situación más amplia en la que muchos extranjeros viven en estado de alerta permanente. La duda sobre cómo serán percibidos por los demás se convierte en una compañera constante durante el día. Un incidente mencionado por un conductor venezolano en un viaje en Uber ilustra lo insostenible de esta condición: ser interrogado directamente sobre su delincuencia por el simple hecho de portar un gorro que identifica su nacionalidad. Estas situaciones revelan un gran malestar social que se perpetúa y que afecta no solo a los migrantes, sino a la cohesión social en su conjunto.
La xenofobia y el racismo no solo son formas de violencia que lastiman a los individuos, sino que representan un acto de ignorancia que empobrece a toda la sociedad. En el caso de Chile, la diversidad cultural debería ser vista como un enriquecimiento en vez de una amenaza. Cada migrante aporta su historia, su cultura y sus sueños, algo que ha sido demostrado a lo largo de la historia en diversas sociedades. Sin embargo, cuando se permite que el rechazo y el miedo dominen nuestras interacciones cotidianas, se cierra una puerta a enormes oportunidades de crecimiento y aprendizaje mutuo.
Es fundamental que como sociedad tomemos conciencia de la importancia de erradicar la xenofobia y promover una convivencia más armónica y respetuosa. En lugar de ver a los extranjeros como competencia o adversarios, debemos reconocer su humanidad y las contribuciones valiosas que brindan. La próxima vez que observemos a alguien de origen diverso luchando por hacer su parte en la comunidad, no olvidemos que esa persona busca lo mismo que todos: trabajar, prosperar y vivir con dignidad. La xenofobia no solo divide, también frena la posibilidad de una sociedad más justa y equitativa para todos.








