El reciente viaje de la misión Artemis II al lado oscuro de la luna ha puesto de manifiesto una dualidad presente no solo en el ámbito espacial, sino también en el ámbito social y laboral. Así como el famoso disco de Pink Floyd llevó durante más de dieciocho años el título de uno de los álbumes más vendidos de la historia, la exploración de lo que se esconde en la ‘oscuridad’ de la tecnología y el trabajo se vuelve crucial en una era donde la inteligencia artificial (IA) juega un rol predominante. El concepto del «lado oscuro del sol» se convierte en una metáfora ideal para explorar las tensiones inherentes a nuestro avance tecnológico; se torna evidente que detrás de la brillante fachada de la innovación, existe un mundo sombrío que enfrenta a los trabajadores del sector tecnológico, denominados tecnoproletarios, a condiciones laborales insostenibles.
La falta de regulación en el ciberespacio se intensifica enormemente frente al crecimiento de la IA, creando un entorno donde las criptomonedas y transacciones ilícitas prosperan. En este contexto, la «tecnozoe» alude a ese espacio digital que subyace al desarrollo tecnológico, donde la explotación laboral se intensifica. Los trabajadores, que a menudo son subestimados en su papel, son esenciales no solo para la creación de sistemas inteligentes, sino también para la supervivencia de las empresas que los desarrollan. La paradoja se vuelve evidente: mientras la IA avanza a pasos agigantados, una masa proletaria es forzada a operar en las sombras de esta nueva economía, desprovista de derechos y protecciones laborales.
Un reportaje reciente señaló cómo la explotación de los tecnoproletarios en África se extiende más allá de los call centers, revelando un proceloso panorama de trabajo que incluye la manipulación de datos para potenciar la autonomía de las IA. Estos individuos, a menudo jóvenes y sin voz, se convierten en el engranaje de una máquina que no se detiene ni ofrece compensación justa por su trabajo. Sin sindicatos ni la capacidad de negociar sus condiciones, viven en una situación de precariedad que se asemeja a la del proletariado del siglo XIX. Este fenómeno plantea un desafío urgente: la necesidad de una regulación que proteja a estos trabajadores y les brinde un lugar en la economía digital.
La reflexión sobre el tecnofeudalismo, avanzada por pensadores como Yanis Varoufakis, resuena en el contexto actual. La emergente «tecnoburguesía» cuestiona la noción de que la relación entre el capital y el trabajo haya evolucionado hacia una mayor equidad. Más bien, se observa una evolución inversa que revitaliza las dinámicas de explotación. En este sentido, la obra de autores como Thomas Piketty no queda obsoleta, sino que se complementa al ayudar a evidenciar las disparidades crecientes que afectan a la clase trabajadora en esta nueva era tecnológica. La dicotomía entre el avance tecnológico y el bienestar del trabajador plantea la necesidad de un movimiento colectivo que busque conseguir una democracia económica real.
Finalmente, la propuesta de una «Ética Colectiva de Inteligencia Autovalente» surge como una respuesta a los estragos provocados por una IA que carece de empatía y comprensión del contexto humano. Se establece, así, una nueva visión donde la alusión al amor como fuerza de la naturaleza invita a una reflexión profunda sobre cómo el trabajo y la tecnología pueden coexistir de manera más justa. La emancipación de los trabajadores debe ser una tarea asumida por ellos mismos, marcando el camino hacia una conciencia colectiva que no solo reclame mejores condiciones laborales, sino que también reivindique el lugar que cada individuo debe tener frente a las inexorables marchas del progreso.








