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Malestar social: reconstruir la comunidad en Chile

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La crisis que enfrenta Chile es cada vez más evidente, manifestándose en un creciente malestar social. Felipe Cuevas, en su columna «Del malestar al nosotros: una propuesta para Chile», argumenta que no se trata solo de la precarización económica o la mercantilización de derechos, sino de una estructura más profunda en la que el sistema neoliberal ha configurado nuestras vidas de manera individualista y competitiva. La sociedad chilena ha sido moldeada para vivir en constante desgaste, con un ritmo acelerado que aísla a las personas e impide la creación de lazos comunitarios. Esto, a su vez, ha limitado la capacidad de transformación social que surgiría naturalmente del descontento generalizado.

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C Cuevas destaca que, en este contexto, emergen dos fuerzas que canalizan el malestar de manera diametralmente opuesta. Por un lado, un individualismo neoliberal que se manifiesta como populismo del consumidor, donde la promesa de castigar a los políticos no acompaña ninguna construcción de comunidad. Por otro lado, una derecha autoritaria que ha logrado organizar las emociones de la población, haciéndola sentir pertenencia y seguridad a través de un relato simple pero poderoso. Esta polarización ha hecho que el pasado reciente, que parecía propicio para la organización popular, dé paso a una lucha por el control de la narrativa emocional.

Para enfrentarse a esta situación, Cuevas aboga por una estrategia política que no se limite a exponer diagnósticos. La izquierda debe reconocer que el pueblo no es un sujeto pasivo esperar ser convocado, sino que se forma en la acción colectiva. Esto implica crear espacios donde el malestar se pueda transformar en organización real, donde el reconocimiento compartido y la solidaridad sean pilares fundamentales. Es esencial promover prácticas que devuelvan a la vida colectiva su relevancia y vitalidad, poniendo al centro el deseo de un futuro común.

El papel del Estado también es una cuestión clave en la visión de Cuevas. Este no debe ser visto como un enemigo ni como el salvador definitivo, sino como una herramienta que, si se utiliza de manera inteligente, puede facilitar la organización popular. Al liberar tiempo y recursos, el Estado tiene el potencial de fomentar un tejido social robusto. No obstante, la verdadera organización debe surgir desde la base, con liderazgos que escuchen y articulen las necesidades de la comunidad en lugar de imponer decisiones desde arriba.

Finalmente, la propuesta se centra en la necesidad de transformar el malestar en comunidad, donde la disputa no sea solo material, sino también emocional. Esto implica construir un sentido de pertenencia que contrarreste el individualismo y la fragmentación promovidos por el neoliberalismo. Para ello, es fundamental entender que la tarea política debe acompañar un proceso que vaya desde el malestar hasta la acción colectiva, reforzando así una identidad que dispute el sentido del país a partir de las bases. En tiempos de alta fragmentación, la invitación a reimaginar lo común se vuelve más necesaria que nunca.

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