Desde el emblemático desplante de Carlos Caszely hacia Augusto Pinochet en 1974 hasta la reciente expresión de solidaridad del joven futbolista Lamine Yamal hacia Palestina, el fútbol se ha consolidado como un potente actor de resistencia social. La relación entre el deporte rey y el poder político ha cobrado especial relevancia en los últimos meses, ya que múltiples gestos simbólicos de figuras influyentes han desafiado la noción de neutralidad. Este año, los actos de Kylian Mbappé en Francia y Yamal en España han reavivado un debate sobre el papel de los deportistas en la lucha por la justicia social, subrayando que los estadios no son solo espacios de competencia, sino también escenarios de activismo y resistencia frente a las crisis que afectan a las sociedades.
Expertos como Eduardo Santa Cruz, sociólogo y periodista de la Universidad de Chile, sostienen que es imposible separar el deporte de la realidad social. Según él, existe una ‘relación natural’ entre ambos, evidenciada en iniciativas como la construcción de estadios promovidos por el Estado y en la participación directa de deportistas en política. Cristian Arcos, comentarista deportivo, añade que los futbolistas actúan como ‘cronistas de su propia época’, enfatizando que el fútbol, al ser un fenómeno masivo, amplifica las voces de aquellos que provienen de comunidades vulnerables. Esta interconexión entre el deporte y la identidad social reitera que cada club y jugador representa visiones de mundo que trascienden el ámbito deportivo.
El legado de Caszely, símbolo de resistencia en Chile, resuena con especial fuerza en el contexto actual. Su acto de rechazo hacia Pinochet, motivado por razones de dignidad y derechos humanos, no solo impactó su vida sino que dejó una profunda huella en la memoria colectiva del país. A día de hoy, con 75 años, Caszely se mantiene como un referente que critica el tratamiento mediático hacia figuras de izquierda y utiliza su plataforma para oponerse a discursos autoritarios. Su imagen, retomada por los hinchas de Colo Colo en momentos de protesta en los estadios, demuestra cómo la memoria histórica del fútbol chileno sigue vigente y actúa como una herramienta para la resistencia ante las infracciones de los derechos humanos.
Las nuevas generaciones de futbolistas, representadas por figuras como Lamine Yamal y Kylian Mbappé, han mostrado que no temen utilizar su influencia para abordar temas sensibles. Yamal, al ondear una bandera de Palestina, y Mbappé, al llamar a votar contra la extrema derecha en Francia, ejemplifican un cambio en la mentalidad de los deportistas, quienes se ven a sí mismos no solo como atletas, sino como ciudadanos comprometidos con su realidad. La respuesta del Ministerio de Cultura de España ante el gesto de Yamal demuestra el apoyo a la libertad de expresión en un contexto donde la política y el deporte son cada vez más inseparables. Eduardo Santa Cruz resalta la necesidad de aceptar estos pronunciamientos, señalando que el entrelazado de vida social y rendimiento deportivo no es más que una respuesta natural a la complejidad del mundo en el que vivimos.
A lo largo de la historia, el fútbol ha funcionado como un agente político, evidenciado en instantes donde el deporte contribuyó a la paz o al activismo por los derechos humanos. Ejemplos como Didier Drogba, quien ayudó a pacificar Costa de Marfil, o el FC Barcelona, símbolo de resistencia cultural, demuestran que el fútbol es un fenómeno social que canaliza así las luchas y demandas de la sociedad. Los esfuerzos de figuras como Pep Guardiola, que han utilizado su influencia para combatir el racismo y el fascismo, reafirman que el fútbol y la política están intrínsecamente unidos. Ignorar esta conexión no solo desestima la trayectoria de los ídolos que comprenden su poder, sino que también silencia las voces que, desde el corazón de los pueblos, continúan luchando por la justicia y la igualdad en una variedad de formas. El fútbol, lejos de ser un mero entretenimiento, sigue siendo un vehículo de cambio social y cultural.








