La Gala del Festival Internacional de la Canción de Viña del Mar 2026, que reunió a figuras como Tonka Tomicic, Karen Doggenweiler y Rafael Araneda, entre otros, se convirtió en un escenario ideal no solo para el entretenimiento, sino también para la reflexión sobre la industria del vestuario en Chile. Cada año, millones de espectadores sintonizan este evento, que brinda una exposición sin igual a las tendencias de moda del país. Sin embargo, surge la pregunta: ¿están los asistentes y las marcas aprovechando realmente esta oportunidad para discutir el valor cultural y simbólico del vestuario, especialmente en un país que, a lo largo de su historia, ha tenido una rica tradición textil que ahora enfrenta una dura competitividad internacional?
La historia de la industria textil chilena es un recordatorio de su potencial. En la década de 1960, este sector representaba un 17,9% de la actividad industrial en Chile y cubría casi todas las necesidades locales de confección. Sin embargo, el desmantelamiento del modelo proteccionista tras el Golpe de Estado en 1973 desestabilizó esta industria, que hoy está en una lucha constante por mantenerse relevante en un mercado dominado por importaciones baratas. La Gala de Viña podría ser una plataforma para revivir la memoria y la identidad del vestuario chileno, promoviendo un diálogo sobre la sostenibilidad y la autenticidad en la moda.
En la edición 2026, destacaron varias apariciones que reflejaron un esfuerzo consciente por incorporar la historia y la sostenibilidad en la moda. La comunicadora Xaviera Salazar, por ejemplo, lució un ‘Traje Oficio’ diseñado por Nieves Marín, que homenajearon el arte de la costura y la memoria familiar. Asimismo, Kika Silva y Karen Doggenweiler optaron por prendas que tienen historias previas, resaltando la intención de dar una segunda vida a la moda. Este enfoque hacia prendas con valor histórico y cultural representa un avance hacia una moda más consciente, en línea con las tendencias globales de sostenibilidad.
La Gala también vio la inclusión de mensajes de denuncia y conexión con el territorio, como los exquisitos diseños de artistas como Princesa Alba y Gino Mella, que evocaron la riqueza natural de Chile. No obstante, la aparición del cantante Pablo Chill-E, con un traje que simbolizaba la violencia en las calles, llevó la conversación a un nivel más profundo, desafiando a la audiencia a considerar el papel de la moda en temas sociales críticos. Esto plantea un debate interesante sobre si la Gala está utilizando su plataforma para promover conversaciones significativas sobre la identidad y las problemáticas contemporáneas, en lugar de ser solo una exhibición de glamour.
A pesar de las promesas de reflexión que presenta la Gala, críticos como la actriz Daniela Seguel y la periodista Sofía Calvo advierten que muchos medios aún reducen la moda a un simple espectáculo estético. La conversación sobre vestuario consciente y su impacto cultural sigue siendo superficial en diversos espacios mediáticos. Con cada edición, la Gala del Festival de Viña del Mar debe recordar su potencial: no solo se trata de un desfile de moda, sino de una oportunidad para dialogar sobre el pasado, presente y futuro de la industria del vestuario en Chile, y el papel que este juega en la construcción de nuestra identidad cultural.








