La industria salmonera chilena, que clama por una transformación hacia la sostenibilidad mediante la implementación de tecnología avanzada, enfrenta una crítica creciente por la contradicción en su discurso. Mientras las compañías invierten millones en robotización y automatización para mejorar la eficiencia y reducir costos, analistas y expertos en el sector exponen cómo estas innovaciones, aunque prometen un futuro más limpio, también amenazan con desplazar aún más a la fuerza laboral del sector. La acusación de que leyes ambientales, como la SBAP y la Ley Lafkenche, son las verdaderas culpables de la pérdida de empleos, contrasta con los datos que sugieren un estancamiento en la creación de puestos de trabajo desde hace años. Así, la «revolución tecnológica» se presenta no solo como un avance, sino como un desafío para la realidad laboral de miles de chilenos.
El 5 de diciembre de 2024, Mowi Chile marcó un hito al inaugurar una sala de operaciones en Chonchi, que simboliza su estrategia de automatización bajo el lema «Mowi 4.0 Smart Farming». Esta instalación, que controla una vasta red de centros de cultivo mediante tecnologías como robots de limpieza y sistemas de monitoreo inteligente, es un claro ejemplo del enfoque que la industria ha decidido tomar. Sin embargo, este movimiento despierta preguntas sobre la efectividad real del empleo creado en el sector. A pesar de la aparente modernización y el impulso publicitario, el número de empleos directos en la industria salmonera ha mostrado una tendencia a la baja, dejando entrever que el avance tecnológico podría no traducirse en beneficios laborales para las comunidades locales.
Un análisis exhaustivo revela que la relación entre la producción de salmón y el empleo en Chile no ha sido proporcional. De acuerdo con un estudio de Fundación Terram, durante el periodo de 2005 a 2021, la industria apenas generó un promedio de 16,999 empleos directos al año, en contraste con la producción que ha crecido notablemente. Este desfasaje se hace aún más evidente cuando se observa que entre 2010 y 2020, mientras la producción de salmón aumentó un 131%, el empleo sólo creció un 62%. Estos datos reflejan una desconexión alarmante, donde la automatización y la digitalización parecen ser responsables de esta discrepancia, evidenciando que la promesa de empleo en la industria podría ser exagerada.
La preocupación por el futuro del empleo se acentúa con la llegada de tecnologías que buscan reducir la dependencia de la mano de obra. Un caso emblemático es la máquina de fileteado MS 2750, que realiza su trabajo sin necesidad de intervención humana, la cual fue presentada recientemente en Aquasur 2024. Este tipo de innovación plantea un interrogante crucial sobre la sostenibilidad de los empleos humanos en una industria que, en teoría, debería ser vital para el desarrollo regional. Además, los comentarios del gobernador de Aysén, quienes cuestionan la relevancia de la salmonicultura como generador de empleo, contrastan con el discurso omnipresente de las empresas, que sostienen que las regulaciones ambientales son su mayor inconveniente.
Frente a la realidad de las concesiones salmoneras en áreas protegidas, donde se ha constatado un aumento en la producción en ecosistemas frágiles, el discurso de la industria sobre la amenaza de las leyes ambientales queda en entredicho. Con más de 300 concesiones activas dentro de parques y reservas naturales, la industria ha encontrado un nicho de rentabilidad que, irónicamente, pone en riesgo la misma esencia de estos espacios protegidos. A medida que emergen más estudios y datos que cuestionan la narrativa oficial de la industria, se vuelve necesario un debate sobre las verdaderas implicaciones de esta automatización y el modelo extractivo que se mantiene vigente, y cómo ambas afectan el futuro del empleo en el sur de Chile.



